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Historias sin argumento I

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I

El primer ministro despertó y se lanzó, como todas las mañanas, al mar. Cumplía con la rutina impuesta de nadar unos minutos en el mar para tonificar su cuerpo. Además, era el único momento del día que compartía con su soledad. Por ello, ninguno de sus múltiples sirvientes lo acompañaba o lo esperaba en la arena con la toalla en las manos. Era un día como cualquier otro, que de tanto repetirse parece el mismo.

Sin embargo, el mar sin olas y un sol delgado señalaban un presagio. El ministro nunca regresó.

Unos cuentan que se sumergió en el océano, tocó la escotilla y dos acudieron en su ayuda. Uno le puso la máscara y el otro lo guió hacia el interior. Ya en la sala, el jefe del clan lo interrogó... El auto revocado ministro respondió, en un ruso intacto: "Nada nuevo hay en nuestras armas ni en nuestros métodos. Peores tiempos nos esperan"... Y el submarino se alejó con parsimonia.

Otros, que se dicen pescadores, relatan haber atestiguado cómo un tiburón devoraba con deleite una de sus piernas. A la pregunta de cómo sabían que era la del ministro, levantan las cejas y replicaban, sin titubeos, que la pierna era indiscutiblemente lampiña. Los preguntones asentían y continuaban hablando del clima.

 

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